Antes de que os entusiasméis pensando ver fotos chulas de nieve que sepáis que esta vez no voy a subir ninguna.
Bueno, os voy a contar mi historia de cómo fui al IKEA a comprar un edredón, una odisea digna de Homero.
En primer lugar aclarar que con la de meses que llevo aquí, evidentemente ya tengo un edredón que me traje de España. El problema es que por las noches noto una corriente de aire fría procedente de un remoto lugar que resiste todavía y siempre a la calefacción.
Así pues me harté y decidí ir a comprar un edredón nórdico de nivel alto al IKEA (los edredones de esta multinacional sueca van de los niveles 1 a 6 dependiendo del calor que retienen).
El caso es que me bajé del tranvía tras unos 20 minutos desde la estación central (sí, venía de currar), y fui a la parada de autobús peleándome contra la ventisca por un poco de visibilidad. El caso es que cuando llegué: SORPRESA! El maldito horario de Internet estaba mal o el tranvía se había retrasado porque el autobús había pasado hacía 10 minutos y faltaba media hora para el siguiente!
Así pues seguí avanzando con dificultades por una acera imposible de distinguir de la calzada o del carril bici de no ser por los montículos de nieve acumulada que separan estos caminos. Me cerré bien la capucha, y me puse a andar pues la caminata sería corta.
Además de no tener casi visibilidad, cada vez que tenía que cruzar la calle eso era un auténtico peligro: se daban todas las circunstancias propicias para una masacre: no hay visibilidad, el semáforo no se ve, la calzada no se distingue de la acera, en la calzada no se aprecian ni los carriles ni los pasos de cebra ni nada, los coches van medio derrapando por la nieve derretida, hay montículos de nieve en mitad de la acera que te cubren hasta la rodilla y al pisarlos te hundes...
Afortunadamente, conseguí llegar tras atravesar el parking completamente congelado de IKEA, era como una pista de patinaje con enormes montículos de nieve (de mi altura aproximadamente) por donde se supone que pasan los peatones. Vamos, que además de ir los coches dando volantazos, encima los peatones tienen que ir por donde los coches....
Una vez allí, fui directamente a donde los edredones, lo que como todo el mundo sabe, en IKEA te puede llevar unos 20 minutos. Pero una vez allí, encima había un montón de tipos diferentes para cada nivel, así que compré el que me pareció más suave y menos caro y me lo llevé.
Una vez en la cola me tocó delante una pareja inútil y exasperante: un hombre de unos cincuenta años acompañado de una mujer de unos 35; vamos una de esas parejas modernas. Pues bien, no sólo el hombre no sabía contar billetes, sino que la chica joven no sabía utilizar una maldita tarjeta de crédito. Cierto es, para ser justos, que la cajera contando los billetes a la velocidad de un caracol no ayudaron precisamente.
El caso es que por fin, cuando pagué miré mi reloj y vi que ya era demasiado tarde para coger el autobús de vuelta hasta la estación de tranvía y que tendría que hacer otro peregrinaje por la llanura de los témpanos de hielo.
Eso sí, como no tenía prisa, porque ya había perdido el autobús gracias a la parejita, me di un antojo: las köttbullar suecas, que hacía 1 año que no probaba (son como albóndigas).
Tras otros 10 minutos atravesando la nieve como Galdalf atravesando el paso de Caradhras, conseguí llegar a la parada del tranvía. Eso sí, justo cuando estaba a punto de llegar: veo el tranvía partir a lo lejos! No se me ocurrió otra cosa mas que intentar correr, lo que fue mala idea, pues mi pie deslizó y apunto estuve de caer a la carretera.
Cuando por fin llegué tuve que chuparme unos 10 minutos a la interperie esperando a que apareciese el siguiente tranvía, pero por fin llegué a casa. Y ahora a dormir tranquilo y calentito.
